Su música, mi hogar

El horizonte del futuro se presentaba extraño, nuboso e incierto. Dubitativa retorné al pasado, a un amor pretérito, que en vez de difuminarse, se dibujaba nítido, coloreado con novedosas tonalidades.

Deseché recuerdos dolorosos. Visualicé con innegable distorsión, los instantes más despreocupados.

En aquellos primeros días de mi recorrido a través del recién estrenado kilómetro cuarenta y ocho, un amor acaecido más de dos décadas atrás, se plantó presto a insuflarme coraje.

Confusa, abatida, creí, que tal vez,  la independencia que tanto apreciaba podía tornarse en un ancla esposada a mi tobillo. Consciente de que ya no éramos los mismos, el egoísmo, dueño de mí, no consentía dilucidar la gran injusticia que ansiaba perpetrar.

Con gran desatino, creí que añoraba a la persona. En realidad, evocaba las circunstancias.

Presa del desequilibrio, solicité una nueva oportunidad. Congruentemente, no me fue concedida. ¿A partir de ahí? Recapacité conduciendo por la  autopista del presente curioseando únicamente el futuro.

Entonces, redacté un pequeño cuento a ese amor que con exquisita sabiduría, se apostó en un rincón aguardando en mí el brote de una insólita amistad.

¿Era de día? ¿Era de noche? No se lo preguntaba, la oscuridad, la luz, todo parecía carecer de importancia, su vida ya no era su vida.

Desde que había perdido sus bienes se sintió desorientada, desubicada, y una mañana al despertar, dirigió sus pasos hacia el “Bosque de las Lágrimas”.

Era un pequeño territorio con espeso follaje y floresta variada. Cuando los lugareños se sentían tristes acudían a dicho lugar buscando consuelo al amparo de su extraordinaria belleza, sus lágrimas recogidas en el manto natural se transformaban en nuevas flores, en nuevos arbustos, en nuevos seres cuya esencia provenía de la fuente emocional origen del pesar.

El bosque de las lágrimas evidenciaba que nuestras experiencias negativas, conforman un ciclo dentro de nuestra existencia. La tristeza, la desazón, emociones que reflejan un corazón que sufre, pero es un corazón vivo, un corazón cuya energía emocional puede transformarse en la fuente de una nueva vida.

Cristina rompió a llorar, pero sus lágrimas se transformaron en una enorme burbuja que la engulló. La esfera acuosa se elevó a unos centímetros del suelo. En su interior, el cuerpo físico de la mujer levitando comenzó a girar. Se rindió al movimiento circular. Atenazada giraba y giraba, los giros eran lentos y por cada uno de ellos, se iba alejando de la realidad, todos sus pensamientos se transformaban con celeridad en oscuridad, en opacidad. Su futuro incierto afloraba lóbrego en su mente y los errores de su pasado eran visiones de fracaso. La opresión no la permitía reaccionar, no permitía que volviese a ser ella, a que sus lágrimas fuesen fuente de vida.

Desde la lejanía, emergieron unos  sonidos combinados sucesivos que abordaron sus oídos. Era música. La armonía, la melodía y el ritmo, provenientes de un instrumento de percusión no le resultaron ajenos. Los conocía. Eran sonidos de su pasado. Esos sonidos de un amor que nunca había olvidado.

En cada giro la música se revelaba más cercana. Sus ojos estaban cerrados. Aunque ella no tenía ninguna formación musical pudo percibir el ritmo, la combinación regular e irregular en ocasiones de sonido y silencio, la tonalidad de la melodía, la armonía con sus acordes, los matices. Él le estaba enviando mensajes codificados desde su propia esencia, el reflejo de lo que él era, desde la fuente de su vitalidad, su música. Le hablaba de edificar desde la tristeza no de destruir desde la autocompasión, de reacción, de no renunciar a vivir, de lucha, de disfrutar del presente y mirar al futuro con esperanza, de volver a ser ella.

Cristina girando dentro de su burbuja, oía pero no escuchaba, su corazón se estremecía, las emociones fluctuaban irregulares, desequilibradas.

Transcurrieron días, la música seguía con ella dentro de su habitáculo acuoso. No quería abandonarla. Esa música perseverante, generosa, repleta de honestidad, repleta de cariño, esa música proveniente de un corazón noble que deseaba que ella despertase de sus miedos, de su aletargamiento y regresase.

La burbuja comenzó a expandirse, el pasado regresaba, el presente se llenaba de emociones y el futuro se iluminaba. Recordó todos aquellos momentos vividos con él, las razones por las que se enamoró y también las razones por las que tuvo que renunciar a dicho amor, un amor que no se desgastó, simplemente ella  necesitó una evolución, tomar un nuevo camino en el que no podían transitar juntos. Ese pasado nunca regresaría. Los giros tomaron fuerza, el presente, este presente que la música impulsaba. Empezó a sentir que sus extremidades reaccionaban, su corazón latía con una nueva melodía, tomó conciencia de todo lo que le estaba ocurriendo comenzando a abandonar su estado de letargo. Esa música, esa maravillosa música era su ayuda, la fuente de su recuperación, de su auto-reconocimiento. Desbordada por un cúmulo de sentimientos, decidió que tenía que despertar, crear una nueva melodía en su vida. Sería un proceso arduo, un recorrido lento que tendría que transitar por amor a sí misma y por amor a las personas que la querían.

La burbuja lentamente comenzó a descender. Tan rápido como se configuró, se evaporó. Cristina estaba de pie sobre la hierba húmeda. Abrió los ojos y sus lágrimas comenzaron a fluir, eran lágrimas llenas de emoción. Sonrió al ver que por cada lágrima suya, un tulipán afloraba con vitalidad. Había esperanza, todo dependía de ella. La música seguía a su lado, quería seguir acompañándola. No era posible. Ella deseaba que el alma del músico y la suya volviesen a trazar un nuevo futuro, volver a caminar juntos, pero él no sentía por ella algo profundo, él la quería de una manera diferente, sólo podía ofrecerla su amistad. 

Sintió una gran desazón por la pérdida de aquel amor, pero él le enseñó a seguir adelante sin mirar al pasado. Él era ese pasado y ya no estaría ni en su presente ni en su futuro. Ella no podía sentirle sin sentirle. Se dirigió con pasos firmes hacia su aldea dejando atrás el bosque de las lágrimas. Aquella melodía, con su ritmo, armonía y matices se diluyó. No la volvería a escuchar, aunque siempre residiría en su corazón, esa melodía llena de nobleza, honestidad, sonrisas y maravillosos recuerdos de una persona única, un músico amable, generoso, lleno de sinceridad, con un corazón puro.

Ella siempre le estaría agradecida por haber estado a su lado en el bosque de las lágrimas. Miró al frente, se despidió en silencio, sabiendo y sintiendo, que para ella esa música siempre sería su hogar.

Fin “

Cristina Regueiro Carpio