Nueva York

¿Qué es la soledad? ¿Una circunstancia? ¿Una emoción? La soledad, esa eventualidad capaz de  suscitar emociones nocivas, inocuas, exultantes.

Abres los ojos una mañana, preguntándote por qué la soledad que fue tu amiga, esa compañera inofensiva con la que compartiste momentos íntimos, no se muestra afable, su rostro ha mudado, su mirada fría duele despertando una profunda sensación de abandono.

Aprecié en mis relaciones de hermandad algo ficticio, vislumbré, que tal vez, únicamente yo, había divinizado mi pasado y mi presente más inmediato. Si por contra, estaba equivocada y no eran amistades fingidas, ¿por qué sufría tanto desamparo?

Sola. Estaba completamente sola, apresada en las arenas movedizas que engullían mi materia, mi entendimiento, sin saber a quién podía mendigar auxilio.

Abres los ojos otra mañana. No, no debes ser tan ególatra. No todo gira a tu alrededor, no eres un astro, no eres un planeta abrigado por sus lunas. Claro que tuviste amigos, claro que tuviste amores, no seas ingrata, no seas descastada con quienes te confesaron su afecto.

Llega el ocaso del día. Reflexionas sobre tu pasado, sobre las personas que lo conformaron. Todo ha cambiado. El tiempo pretérito que siempre has magnificado, ese espacio que evoca  tu juventud, las sonrisas, el amor, se desvaneció, lo has traído de nuevo al presente al sentirte vacía y repleta de amargura. Debes tomar una decisión, adquirir un nuevo compromiso liberando los recuerdos que atropellan tu tránsito a un futuro ilusionante. Mira atrás sin añoranza, asume que tu vida es un libro que sólo leerás una vez, deleitándote con cada nuevo capítulo, sin repasar páginas precedentes.

Amanecieron días otoñales en la ciudad de Nueva York. Tus ojos se abrieron.

La soledad se convirtió de nuevo en mi amiga afectivamente sin carácter circunstancial.

Aquélla no era una emoción nociva, no, era una emoción exultante. Me congratulé con mi pequeño universo. Reflexioné sobre todos los hechos acontecidos a lo largo de los últimos meses. Consciente de la mala gestión que había realizado de todas mis aflicciones, supe que debía regresar a España rompiendo lazos con el pasado de forma gradual, alejarme poco a poco de todo aquello que pudiese volver a desequilibrar mi balanza.

Interrogué a mi yo consciente, permitiendo, a su vez, fluir a mi yo inconsciente.

Gracias a la curiosidad de mi yo consciente, asumí todos mis errores, y al fin, conseguí perdonarme. Mi otro yo, me hizo sentir libre, no quería regresar, amaba mi soledad, no deseaba tener ataduras, adoré mi independencia, dosificándola con interacción humana, pero sin que esa interacción interviniese entre mi retomada amiga y yo.

Paseando por las calles de Manhattan, estremecida, embriagada de placidez, supe que gozaba de una nueva oportunidad. Inmersa en un punto de inflexión, con planes forasteros que proyectar, me emplacé de nuevo en la pista de salida.

Uno de aquellos mansos días de noviembre, dirigí mis pasos a Bryant Park, mi lugar de retiro mágico en la Ciudad de Nueva York. Adyacente a la pista, contemplaba como niños, mayores y jóvenes deslizaban sus patines con armonía, trompicones e inestabilidad, sobre la fina capa de hielo. Una sombra se proyectó sobre la moqueta y allí estaba, alto, delgado, con mirada bondadosa e inteligente. Darío, originario de Verona, Italia. Departimos acerca de nuestros pasados laborales. Ambos, en la capital del mundo intentando dilucidar futuras decisiones. Él, hombre cercano e interesante, con sus palabras, con sus gestos, insufló de ánimo mi aturdido pensamiento.

En las aulas, entre rascacielos, traté a personas de diferentes países, mujeres y hombres, que al igual que yo, ejecutaban una escala de tránsito espiritual.

¿Realmente estaba sola? No, no lo estaba. Había reconquistado mi soledad. El transcurso del tiempo aportaría nuevas personas a mi travesía, otros horizontes, singulares visiones.

Había decidido volver a vivir, y como, insinué anteriormente, romper con un pasado hiriente, metódicamente, sin tragedias, sin melodramas.

La soledad es una circunstancia. Si dicha circunstancia se troca en una emoción, una emoción nociva, depende solo de nuestra mente, únicamente de ella, resolverla adecuadamente transmutándola en una emoción inofensiva.

Admitiendo mis errores, mis defectos, mis ilusiones, mis futuros esfuerzos, pasee, pasee y pasee.

Desde niña anhelaba visitar Nueva York, e incomprensiblemente, allí me encontraba, arrastrada por meses de lágrimas emanadas de la desesperación. Allí estaba, una desempleada en la ciudad protagonista de mi ensoñación, en búsqueda del equilibrio, aumentando la esperanza y asentando la fe.

Este viaje no fue uno más, significó un viaje hacia lo más oscuro y lo más claro de mi interior.

Soñar, soñar, soñar. ¿Qué es una existencia sin ensoñación? Al soñar nadas por diferentes mares, atraviesas distintos paisajes, la energía conmueve tu interior, abrillantando tu mirada.

Sin más, mi sueño se hizo realidad, sin esperarlo, repentino, eficaz, y supe, que deseaba seguir soñando.

Soledad, ensoñación. Cualidades conformantes de mi naturaleza. Sola seguiré soñando con nuevas fantasías, recorriendo nuevos lugares, enriqueciéndome de insólitas experiencias.

Tras una época nebulosa, liberé agrias cadenas.

En Nueva York, percibí de nuevo mi rostro reflejado en el espejo de la vida. 

Cristina Regueiro Carpio