La inscripción

Aterricé en la oficina de desempleo un cálido día del mes de Septiembre. La estancia transmitía un crisol de desesperación, desánimo, letargo. Semblantes sumisos. Hombres, mujeres, diferentes culturas, distintos aromas. Cohibidos unos, ansiosos otros. Algunos permanecían erguidos e inquietos. Otros dóciles se acurrucaban al amparo del plástico rígido e incómodo de la bancada.

El vigilante de seguridad, franqueaba la puerta de acceso, acogiendo diligentemente al visitante con una sonrisa compasiva. Era la cara amable de un entorno descorazonador.  

Solitaria, inmersa en aquel enjambre, respiraba un aire denso. Mis ojos recorrían las facciones de los asistentes una y otra vez ¿Qué historia narraban? Únicamente podía discernir en aquellos rostros foráneos, tristeza, angustia o una inapelable aceptación.

Observé la pantalla oscura. Emitía un sonido estridente al anunciar un nuevo turno. Todos portábamos un tique, una entrada al universo de los individuos desintegrados, faltos de actividad laboral, sujetos probablemente relegados al subsidio. Mi boleto no era el premiado.

Reparé en las paredes, en el enlosado del suelo, en las escaleras que ascendían a la segunda planta, en las puertas de acceso restringido. Era un conjunto, gastado, inocuo. Los tablones de anuncios adheridos a los muros, levitaban en soledad portando en su interior listados interminables de actividades, cursos de formación cuya finalidad, únicamente, consistía en rellenar las vidas de individuos deprimidos, amparándose en una adquisición estéril de conocimientos que lograrían integrarles ficticiamente en el mundo laboral.

Los empleados públicos desarrollaban con presteza sus tareas. Atendiendo con celeridad, difundían apatía. Consideré que estaban aquejados de hastío. Su lastre, la indiferencia. Años, meses, semanas, horas, contemplando  vidas paralizadas, sueños estancados, escuchando voces desesperadas, y ellos, allí, estáticos, tecleando imbuidos en su gestión, obligándose a huir día a día de un acervo trágico.

La oficina exenta de calidez incrementaba el desosiego. Un color lúcido, dinámico, objetos decorativos aportarían otro espíritu al establecimiento. Incomprensiblemente, nadie parecía recabar en ello, prolongando inevitablemente el delirio de visitantes y funcionarios.

Llegó mi turno. Fui atendida con profesionalidad. Cotejaron toda la información almacenada en su base de datos. A partir de esa fecha podría gestionar mi demanda de desempleo electrónicamente.

Abandoné apresuradamente el edificio. Los rostros aparcados en su interior se revelaron. Fotograma tras fotograma transitaban imparables por mi memoria, traumatizando mis esperanzas. La angustia oprimió mi pecho acampando a sus anchas, sin avisar, vehemente, obstinada.

Aquel día de Septiembre tracé las primeras líneas erráticas. Mi rostro seguro y mi mirada inquebrantable, ambos, se diluyeron.

Repudié mi retrato original transmutándose en un bosquejo inconcluso apostando mi efigie al borde de un precipicio adverso e hipotético.

Cristina Regueiro Carpio