La espada de Damocles

Invertí un lapso de diez años de mi subsistencia atascada en una oficina equivocada, y hablo de subsistencia puesto que en ello se convirtió mi existencia en aquellos tiempos erráticos.

Los últimos tres años  transitaron a través del calendario, mientras la opresión aumentaba, no sólo metafóricamente en mi raciocinio, se acrecentaba literalmente en mi pecho.

Normalicé la ingesta de ansiolíticos como herramienta para afrontar el transcurso del tiempo en mi habitáculo, rodeada del bullicio de personas extrañas, figuras que atendían con disgusto el teléfono mientras tecleaban sus interrumpidas tareas administrativas , a veces con parsimonia, otras con ira y angustia.

Jornada tras jornada, me sentía más extranjera.

Mi conexión con el grupo de trabajo era prácticamente nula. Difería en opiniones, no compartía pretensiones, únicamente intervenía en diálogos insustanciales o conversaciones irritantemente tediosas. Me había transmutado en un individuo del planeta rojo rodeado de ciudadanos del planeta azul.

Odiaba estar allí, sentada, advirtiendo hora tras hora, cómo estaba desperdiciando el futuro en una actividad, que lejos de aportarme, me restaba. Día a día fui transformándome en un alma resentida. Sólo entreveía la necesidad apremiante de desvincularme de aquel lugar en el instante en que me notificasen el tan sospechado despido. Y, ese día llegó.

A partir de ahí, se abrió un nuevo frente. ¿Qué iba a hacer? Nunca fui hábil en la búsqueda de empleo. En ocasiones anteriores, las oportunidades laborales se plantaron frente a mí sin gran dificultad. ¡Eran otros tiempos!

Consciente de que tras diez lustros de vida, las perspectivas laborales se anulan exponencialmente, en un país, en que la edad es una hándicap a la hora de la contratación, me encontré sumergida en una enérgica zozobra.  

Me resistía a alcanzar un puesto de trabajo análogo al que había desarrollado con anterioridad. Simplemente, anhelaba una práctica laboral que aportase un nuevo horizonte, un espacio de equilibrio y crecimiento.

Meses de angustia,  de desubicación, no ayudaron a visualizar ese nuevo futuro laboral.

Gracias a la decisión de un familiar, resolví convertirme en opositora. ¡Sería funcionaria!

Una ardua tarea se desplegaba ante mí. Habían transcurrido 16 años desde la finalización del Máster que cursé en la Universidad Autónoma de Barcelona y ahora, insospechadamente, regresaba a la vida estudiantil. ¡Sería una nueva aventura! Si la suerte me acompañaba, obtendría una plaza en la administración pública, desarrollando una carrera profesional fundamentada únicamente en mis méritos sin la amenaza constante y periódica del desempleo.

Tras todo este paso, he llegado a la convicción de que el mundo laboral es esencial en la línea de nuestra vida.

Probablemente te veas abocado a un trabajo insípido, ya sea por la falta de oportunidades en tu ámbito profesional, ya sea por un sueldo más o menos atractivo, pero nunca, y reitero, nunca,  deberíamos enclaustrarnos en unas dependencias que aborrezcamos, puesto que, irremediablemente, transmutaremos nuestro ánimo en una dolencia perjudicial, un padecimiento innecesario, extremadamente dañino.

Yo sufrí una gran cantidad de sinsabores. Me convertí en una perdedora por un estipendio salarial, y digo perdedora, porque en aquellos años renuncié a mi condición. Mi  carácter se agrió, mi autoestima se diluyó y mi gentileza se evaporó.  

Únicamente pude salvar de tan áspera experiencia  mis férreos principios, los únicos acompañantes el día que dije adiós a aquella terrible oficina, mientras portaba entre mis manos, la improcedencia de una carta de despido.

¿En  la actualidad? Meramente anhelo una nueva oportunidad profesional exenta de una afilada espada, una hoja amenazante  que penda sobre mi cabeza, reportera ingrata de un trágico desenlace.  

A diferencia de Damocles, en mi anterior empleo, nunca fui poseedora de un gran poder por el que pagar un precio tan alto.

Cristina Regueiro Carpio