Héroes sin medallas

Observé aquella mueca llena de tristeza y sumisión. Había perdido a sus padres hacía unos años. Aun sucedido el tiempo, aun consumado el duelo, el sentimiento de orfandad seguía adherido a su piel, un velo transparente que la separaba del resto del mundo agudizando su soledad.

Las figuras solícitas tras las que podía amparar sus decisiones, sus ilusiones, sus proyectos, sus aflicciones, habían fenecido. ¿A quién demandaría consejo? ¿En brazos de quién podría cobijarse al sentirse vulnerable? ¿Dónde residía aquella protección perdida?

Sus ojos anhelaban aquello que yo poseía. Sintiendo aquella cálida mirada color almendra, percibí lo afortunada que era.

Cuando se produjo el socavón en mí, dos personas se transformaron en macizos muros de carga. Con serenidad soportaron la reedificación  accidentada de su hija, esa niña en edad adulta perdida en un ciclón denso y asfixiante.

Al alcanzar el kilómetro 50 rescaté las palabras que dediqué a mis padres, en tiempos oscuros.

“Derrota y esperanza, nociones que han marcado los postreros trescientos sesenta y cinco días de mi vida.

Un torbellino de ideas se apoderó de mí, creencias oscuras en su mayoría, ideales que me apresaban en una oquedad, un pozo dantesco, en el que escuchaba voces, pero no las voces del pozo de Malebolge en distintas lenguas, eran voces pertenecientes a mí misma, una lengua única, mi voz multiplicada, sincronizada, recitándome insidiosa el fracaso, la frustración, los complejos, las carencias, los desaciertos, un conjunto voraz de incumplimientos. Las voces superpuestas narrándome, incansablemente, la historia malograda de una subsistencia desorientada, en una búsqueda continua del equilibrio íntimo, que en contrapunto, erigía día a día un desequilibrio vital.

Considero prolijo aludir, momentáneamente, a los sucesos que me ubicaron en una encrucijada de penurias, ceñidas a mi vida laboral y a mi mundo emocional, englobando en este último, la afectividad apasionada, la afectividad etiológica de la amistad, la afectividad consanguínea, y la más remarcable, debido al bagaje que entraña, la afectividad unitaria, la afectividad como sujeto reinante.

Existen frases mentadas por otros individuos que concibes sabias, imprimiendo una huella en tu memoria.

En un apacible restaurante de la ciudad de Barcelona, mientras departía con un colega, en aquellos oníricos años en que ejercía mi profesión con esperanza e ilusión, él aseguró con intacto convencimiento que el único amor incondicional que se conserva es el de los ascendientes hacia sus vástagos. Los progenitores aman a sus retoños cualquiera que sea su condición (sagaces, tardos, feos, guapos, triunfadores, fracasados,…).

En calidad de hijos, es preciso, que un abatimiento insondable nos vapulee, para valorar y encumbrar a esas personas que, no sólo nos obsequiaron con la vida, sino que siguen siendo nuestros socios de viaje, nuestros compañeros de travesía voluntariosos e infatigables.

Al sentir que una enorme ciénaga te rodea y te engulle, tus fuerzas van mermando, no descubres ni la más fina ni la más gruesa rama a la que aferrarte que pueda proporcionarte una razón para burlarte de ese emplazamiento siniestro, esa fábrica perversa que te transforma en lodo. Sin huir, te arrastra un deseo incurable, aunarte más y más con las partículas de fango y desvanecerte.

En la cercanía, percibes la voz de tu madre reivindicando y anhelando un nuevo brillo en tu mirada lánguida, el reclamo enérgico de tu padre, apelando a tu entereza extraviada, y censurando tu cobardía al enfrentarte al primer escalón perfectible en la fluctuante escala de tu vida.

Desarticulé mi parálisis, asumiendo que me enfrentaba a un intrincado camino, probablemente atestado de altos y bajos, de días colmados de optimismo y días en que el raciocinio pernicioso acamparía inesperadamente sin previo aviso en mi cabeza generando jornadas de lucha intensa contra mi yo abatido.

Adquirí el compromiso de reedificarme, negar mi ocaso, e intentar tornar con luminosidad. Todo por ellos, ellos que son amor, sólo amor, y en declamación de ese amor, decidí volver a nadar en el océano de la vida.

Habrá momentos en que me engulla el oleaje, instantes en que me asemeje a  una sirena, trances en los que simplemente me mantenga a flote, empero, conservaré la fuerza ineludible cuyo objeto sea no tornar a un nuevo hundimiento.

Mis padres me han enseñado a emerger, a bracear oblicua frente a la costa, y a no dejarme arrastrar, nunca más, por la marea.

Ellos, luchadores incansables en su juventud, combatientes en su madurez. Ellos que, en su senectud, siguen siendo maestros sabios, diestros en vitalidad, hábiles en afrontar el transcurso de los años, y expertos en cosechar en mí un sentimiento intenso y sereno, el amor devoto de su hija imperfecta”

Mi madre y mi padre, a lo largo de los trescientos sesenta y cinco días de mis malogrados cuarenta y ocho años, se transformaron en  unos seres de fábula, escoltándome desde el silencio, auxiliándome a una distancia tangible en mi aciago recorrido a través de un sendero anegado de sollozos y desesperación. Ellos me han amparado con el más profundo respeto, padeciendo a mi lado con ánimo, contemporizando, dignificándome mientras percibía mi existencia como un cúmulo de despojos, y adorándome sin más, con actos exquisitos en ausencia de palabras.

Mis padres, héroes anónimos exentos de medallas.

Cristina Regueiro Carpio