Un regalo improvisado

Aconteciendo décadas adultas, concebimos supeditadas a éstas, propósitos distintivos que debemos alcanzar con el fin de sentirnos regulares.

Una década edifica los primeros pilares en los que sustentar nuestro futuro floreciente, forjando estudios de disímil índole o inaugurando la incursión en el orbe profesional.  En el lapso contiguo, caminamos expectantes tras la adquisición de una  pareja junto a la que aflore nuestra progenie. Adyacente a dicho periodo, ejecutamos dos lustros vislumbrando la estabilidad anhelada, conduciendo un kart imaginario cuyo depósito ha repostado suficiente combustible con el que  agenciarse un correcto descanso.  

Tras consultar diversos artículos a través de la red de redes, se presumía en un gran número de ellos, la década de los cincuenta, como un vector conclusivo, el preludio de la recta final.  

En una sociedad en la que la esperanza de vida se ha amplificado, en la que los bebés saludan amparados en los brazos de unos ascendientes cuya edad se allega más a la cuarentena que a la treintena, en la que las agitaciones en la economía producen fluctuaciones en el mercado laboral y en los patrimonios personales ¿cómo desentrañar que los cincuenta años son la antesala al retiro y a una prematura senectud?

Estas ideologías anacrónicas alinearon la parálisis, el espanto y la consternación en mí, al dilapidar momentáneamente la estabilidad económica que suponía un puesto de trabajo indefinido, al inaugurar el kilómetro cuarenta y ocho desde mi nacimiento, respaldado por el desempleo.

¿Si tu vida laboral se paraliza cuando alcanzas los diez lustros? ¿Debes asumir que has llegado a la meta sin miras de abordar una nueva competición?

Tras una caminata tormentosa en estos últimos kilómetros hasta alcanzar el tocón de los cincuenta, ¿mi contrariedad? La incapacidad de vislumbrar el futuro por la ausencia de objetivos. Me vi envuelta en una monotonía en la que giraba sin ojear, sin replantearme un horizonte apetecible. Presa de una inmensa infelicidad, me acomodé en mi tristeza creyendo que mi edad era una barrera, sin percibir que el auténtico lastre era mi actitud, mi insolvencia resolutiva.

A los cincuenta no somos jóvenes abuelos, ya que, indiscutiblemente ni somos aprendices ni somos ancianos, somos individuos llenos de energía, de experiencias , protagonistas de obras, en las que nuestros personajes pueden ser aventureros viajeros, amantes tiernos, distraídos compositores de nuevas partituras, amigos prolíficos e íntimos confidentes amparados por las luces tenues de un agradable café.  

La edad no limita, puede engendrar una lid más ardua. El listón que estaciones en tu nuevo punto de partida marcará tu límite, un límite no prefijado por la edad.

¿Mi veredicto personal? Delinear con un rotulador de mayor grosor objetivos de futuro amables, despintando con una goma de borrar esas limitaciones que nos hacen presos de nuestros propios prejuicios.

¿Renacer a los cincuenta? Un regalo improvisado con el que seguir experimentando con la vida.

Cristina Regueiro Carpio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s