Una ventana abierta

No recuerdo exactamente en qué momento de mi vida decidí abandonar mi fe, aunque sí recuerdo un acontecimiento en el que apelé a la ayuda divina, a la compasión, clamé por evitar el dolor a aquellas personas a las que estaba unida por un vínculo de afecto.

La vida les aportó un demoledor castigo, y hablo de castigo, pues si aquello no era una  mortificación, aún habiendo transcurrido veintiún años, soy incapaz de discernir el concepto correcto para atribuirlo a aquella trágica vivencia.

Falleció a los 24 años de edad.

Todos los que vivimos, de un modo u otro, la terrible experiencia, no pudimos sortear aquel flujo de quebranto y desconsuelo.

Recuerdo aquellas lágrimas vertidas por tantos amigos, por jóvenes que se derrumbaban frente al cristal del último adiós.

En aquellos años yo residía en otra provincia, ajena al día a día de Madrid. Sola, sentada sobre mi cama, no dejaba de pensar si existía algo más, si ella podía escucharnos, ¿podía sentirnos? o simplemente ¿ya era un recuerdo en nuestros corazones?

Una noche soñé que hablábamos. Ella, con total entereza y calma, afianzaba que estaba bien, reclamaba que todos debíamos seguir adelante. Fue simplemente un sueño, solamente un viaje onírico edificante.

Su familia estaba destrozada. Un mechón blanco adornó inexorablemente el cabello de su madre. Su hermano me confesó que nunca había oteado en el devenir de los primeros años, un rayo de felicidad, el cual solo se hizo visible el día del alumbramiento de Alejandra, su primogénita. El resto de nosotros, presiento, seguimos viviendo con esa aflicción interna, mermada pero jamás desvanecida.

Un cáncer de hígado la apartó de nosotros, de todos los que la conocimos y la quisimos. Antes de fallecer con acritud elevaba una demanda al cielo: “Si Dios le había obsequiado con aquellas infernales células cancerígenas ¿no era Dios quien debía arrebatárselas? Pero él no intercedió.

¿Cómo en momentos de desesperación, puedes no renegar de tu fe? ¿No es esa negación comprensible apelando a tu lado humano?

Resolví alejarme de la religión, y de cualquier modelo de credo.

Transcurrieron los años. Yo persistía, apartada de todo tipo de misticismo.

En 2013, efectué un viaje a Polonia.

En Cracovia, comencé a vislumbrar el poder de la fe. Vi a jóvenes reunidos en la plaza del mercado, acompañados de instrumentos musicales tradicionales. Aquéllos danzaban al son de las polcas, sonrientes, llenos de vida, esos mismos jóvenes quienes en la Basílica de Santa María, con sus caras refulgentes y ávidas de convicción cristiana, conferían pasión a la homilía día tras día.

Sorprendida, quise encontrar una respuesta a tanta condensación y aglutinación de fe.

Transcurrida una jornada, visité Auswitz y Birkenau. Es difícil explicar con palabras lo que esos dos lugares desprenden. Efigies del horror, embajadas de dolor, hogar de los sufrimientos más espantosos.

Intenté recrear los sentimientos que atenazaron a todas aquellas personas que vivieron bajo el yugo del fanatismo nazi. Reflexioné sobre la ausencia de creencias religiosas en situaciones tan insospechadas y tan dramáticas. Si te encuentras exento de fe, si crees que no existe  más que lo terrenal y te ves engullido en una dictadura de locura y terror ¿cómo puedes digerir que tu vida sólo consistirá en sufrimiento, lágrimas, terror, muerte, sin recompensas ni aire para respirar, solo degustando el sabor insalubre de la crueldad? Comprendí que la fe es un bálsamo curativo, un calmante de alivio y fortaleza, pero sobre todo, de esperanza y de paz.

Tras tanto dolor a sus espaldas, comprendí lo importante que son las creencias para el pueblo polaco, y lo importante que pueden llegar a ser para uno mismo, puesto que la fe, el efecto de la misma, sea o no meramente placebo, refuerza, reconforta.

Transcurrieron tres años. Yo seguía alejada de la devoción.    

A finales del año 2016, todo se desmoronó. Perdí mi trabajo y todos los sentimientos que atenazaron mi alma desde años, todas las miserias compactadas, las frustraciones, las soledades, emergieron con la fuerza de un geiser desde el interior de mi reserva cognoscitiva. Desprovista de capacidad de reacción para asimilar el terremoto de sensaciones, carente de raciocinio, no presenté ningún tipo de resistencia al agrio y vehemente vapuleo. Tan pronto como el geiser se ausentó, la fina coraza que cubría los últimos reductos del leve sentimiento del yo individual residente en mi persona, se resquebrajó en pedazos que se hundieron irremediablemente en una laguna oscura.

Siempre me consideré una persona fuerte y optimista. No conseguía reconocerme. Sólo lloraba, lloraba y lloraba. Consciente de que necesitaba ayuda externa me dirigí a la consulta de un psiquiatra. Precisaba ese empellón con el que pudiera dar el primer paso hacia la curación de mi psique, ratificar, verificando profesionalmente, que no me encontraba situada al borde de un  precipicio conducente a una depresión. La función la realizó, no obstante, sentía la necesidad de encontrar algo o a alguien que me posicionase frente a una escalera por la que primero escalar, luego trepar y finalmente, ascender peldaño tras peldaño hasta obtener de nuevo la fe olvidada.

Recordando una vieja historia, dirigí una tarde soleada mis pasos a la iglesia de la Asunción. Allí, solicité hablar con un sacerdote. Me atendió un joven clérigo con aspecto bonachón. Cuando me preguntó el motivo de mi visita, le respondí simplemente: “Padre, necesito tener Esperanza”.

Mi petición fue otorgada.

Es probable que únicamente haya sido yo la que ha interferido en este anhelado despertar. No sé si realmente existe Dios,  si él mismo se apareció en forma de zarza ardiente a Moisés en Horeb, si el arcángel Gabriel habló a Mahoma en el interior de una cueva o si Jesucristo realmente era el hijo de Dios. Sólo sé, que en mi oscuridad, al regresar a la iglesia, la luz retornó en mi mirada y se apoderó de mí un halo de  esperanza.

Aquella conversación creó una nueva perspectiva en el día a día, expectación hacia un futuro, que aún incierto, se mostraba exento de la contaminación de tiempos pasados.  

Se define la esperanza como la confianza de lograr una meta o la realización de algo que se desea. Yo no deseo lograr nada en concreto o realizar algo determinado, lo que ansío es saber que aún me quedan muchas cosas por vivir y que mi existencia no siga siendo un despropósito teñido de tonos grisáceos.

No deseo volver a  sentirme insignificante, reiterando un deseo de desintegración.

He adquirido un nuevo compromiso. A partir de ahora, la esperanza, siempre será mi socia, y la fe será el instrumento para seguir buscando mi camino. Tal vez sean tanto la fe como la esperanza placebos inherentes a la humanidad,  pero creo haber llegado a la conclusión que, lo que importa, lo que realmente importa, es lo que obtienes, independientemente del medio del que hagas uso, con la finalidad de apoderarte de una nueva energía que facilite un lápiz y un papel con el que redactar un libro, líneas y párrafos continentes de una existencia congratulada con uno mismo y con nuestra más íntima esencia.

Cristina Regueiro Carpio

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